Parar el mundo, acelerar la Historia

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La mirada de Elena San José  || 9/3/2018

En su obra Sobre la revolución, Hannah Arendt distingue entre el proceso revolucionario francés y el americano por las experiencias desiguales de cada uno en materia de Libertad, entre otras cosas. Mientras en Francia la revolución surgía de un deseo teórico de libertad, en el Nuevo Mundo esta era ya, de alguna manera, una realidad social y política, pues los hombres americanos participaban en los asuntos públicos con relativa asiduidad: no como una carga, sino disfrutando del placer de las deliberaciones y las resoluciones que entrañaban. Por eso, dice Arendt, a lo largo del siglo XVIII en América se hablaba de felicidad pública y en Francia, carente de esta experiencia, solo de libertad pública.

La idea de felicidad pública, tan frecuentemente denostada y olvidada, ha encontrado en el feminismo su mayor defensor; sus mayores instructoras. Con el feminismo hemos aprendido que, frente a un sistema que rompe los vínculos humanos y maltrata la vida, la solidaridad, el hermanamiento y la construcción de comunidades no son solo una manera de resistir y prorrogar lo inevitable sino de cambiar verdaderamente el rumbo de los acontecimientos. El futuro es aquí, es ahora, y nos ha encontrado organizadas y dispuestas a combatir. ¿Es esto, pues, una guerra? Sí. Y no. Pues la única violencia que descubre es la del silencio impuesto durante siglos, y las únicas armas con las que cuenta son la voz y el convencimiento de que luchamos por lo que es justo. Ni un cristal roto, ni una persona herida, ni una carga policial. Somos mujeres en pie de paz. No
destruimos, creamos; no matamos, cuidamos. #Paramos, pero no nos detenemos. Porque esto ya no hay quien lo frene.

Cualquier mujer feminista –y cualquier hombre feminista, me atrevería a añadir–experimentó ayer esa clase de felicidad que solo se halla en lo compartido. La esperanza y el orgullo de encontrarse formando parte de algo tan grande, tan de todas. Sin importar la militancia partidista o sindical, sin importar la generación ni la clase social, son todas las mujeres las que se han levantado para decir Hasta aquí hemos llegado. Y lejos de ser una huelga pija o elitista, como algunos vaticinaban, las manifestaciones de ayer avanzaban al ritmo de Mujer cuidadora, mujer trabajadora y Patriarcado y Capital, alianza criminal, entre otras proclamas. Porque no olvidamos a las que están abajo; las que trabajan sin cobrar, las que cobran una miseria, las explotadas y maltratadas. Inmigrantes, pensionistas, obreras. Las que ya no están. Todas juntas nos hemos agachado hasta estar a la misma altura y nos hemos impulsado a la vez, apoyadas las unas en las otras. Porque el feminismo también nos ha enseñado que nadie es más que nadie. Ningún hombre por encima de una mujer, ninguna mujer por encima de otra.

Así, académicas, periodistas, sanitarias, estudiantes, cuidadoras y todo un sinfín de mujeres trabajadoras llevaban semanas gestando esta felicidad, que ya se empezaba a sentir mucho antes del 8 de marzo. El Principito, ese manual de instrucciones sobre la vida, describía esa sensación hace un siglo como si supiera lo que estaba por venir. Decía:

Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, a partir de las tres empezaré a ser feliz. A medida que se acerque la hora me sentiré más feliz. Y a las cuatro, me agitaré y me inquietaré; ¡descubriré el precio de la felicidad!

Y con esa cadencia ascendente afrontábamos tantas mujeres la semana que empezaba. Escuchando a Pepa Bueno por las mañanas, leyendo manifiestos por las tardes, intercambiando opiniones con las mujeres que nos inspiran en el día a día. Hasta llegar a la noche del 7 sin poder dormir porque la emoción nos había desbordado antes incluso de empezar. No es el 8M, es todo lo que le rebasa. Porque hay veces en que la Historia se detiene durante décadas y ocasiones en las que se condensa en un solo instante en el que todo cambia. La manera de mirar, de mirarnos, de reconocernos en el sufrimiento
del otro. Nadie está solo, dice Goytisolo, ¿no sientes, como yo, el dolor de su cuerpo repetido en el tuyo? ¿No te mana la sangre bajo los golpes ciegos? Nadie está solo. Ahora, en este mismo instante también a ti y a mí nos tienen maniatados. Nadie está
solo. Y el feminismo nos ha cargado de instrumentos con los que entender colectivamente lo que nos duele, es decir, nos ha enseñado a hacer política. A construir un mundo más amable, más justo y más respetuoso con la vida y con los seres que la habitan. ¿No es esa la finalidad de cualquier movimiento social? ¿De cualquier norma social? El feminismo es la gran esperanza de todas las luchas colectivas, porque las concentra y las supera.

Decía Clara Campoamor que ella se reconocía feminista porque el feminismo es, en esencia, humanismo, pues no persigue más que el respeto a los derechos humanos. Y yo hoy me he levantado con el orgullo y la satisfacción de quien se sabe del lado de la Humanidad.

Gracias, compañeras. Sigamos haciendo Historia.

 

 

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