Afirmar la libertad

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En memoria de Carlos Rodríguez, un gran hombre libre.

Quería escribir algo realmente bueno para celebrar el renacimiento de La voz de Salamanca. Tenía un texto probablemente pretencioso por editar sobre la necesidad de afirmar la libertad con estética. Lo había vestido con citas de Ortega y Gasset, Rilke, Yalom y Montagne, pero esta tarde he recibido la noticia de la muerte de mi amigo Carlos, acaso la persona más libre que he conocido.

El mensaje ha venido de su Sole, desde Córdoba, en Argentina, donde le creía hasta que tropecé con él en un bar de Lavapiés hace un año aproximadamente. Sole es una de esas personas con las que nunca te has encontrado y que cobran una fuerte personalidad en la imaginación a través de las pinceladas de impresionismo con que Carlos nos tocaba a todos.

Cuando me lo encontré acababa de llegar a Madrid. Le conocí en el Máster de Periodismo de El País/UAM. Me sacaba un puñado de años, casi dos. Era un tipo muy sabio que parecía haberlo leído todo y, sin embargo, lo que más admiración me causaba de él es que cuando le hablaba, escuchaba y esperaba con una actitud compasiva y nada paternal a que no tuviese nada más que decir.

En aquel nido de egos contrastaba la mirada de Carlos, de la que jamás salió un destello de arrogancia. Escucharle era una delicia y escribía como los ángeles, pero no busquen su firma, pues no llegó a bajar a la redacción. Su protagonismo llegó involuntariamente cuando abandonó el Máster de El País por la gestión del ERE. A él todo aquello no le afectaba personalmente, pero sus “delicadas tripas” no podían conciliar aquella realidad, como indicaba en su carta de despedida. En una acción de dignidad muy solitaria e incomprendida, mandó un texto memorable en el que explicaba los motivos por los que él optaba por salir de aquel edificio.

Nunca intentó persuadir a nadie ni sumar adeptos. Recuerdo haberle intentado convencer de la necesidad de transigir con algunas contradicciones tras contarme su decisión. Él esperó paciente mi desahogo y respondió con una palmada en la mejilla a modo de caricia: “Pues ni que fuesen a cerrar los bares, Javito. Yo me voy…ven a verme a Argentina”.

Yo aducía motivos personales. Le hablaba de la inversión y del esfuerzo realizado, de la imposibilidad de cambiar las cosas que no estaban a nuestro alcance. Me recuerdo interpretando aquella conversación en términos psicoanalíticos simultáneamente. Yo me veía en el ‘yo adulto’, y a él lo identificaba en el ‘yo niño’, aquel que obedece a deseos y miedos inmediatos. Él leía el código al que yo le invitaba perfectamente, pero convocaba su identidad inquebrantable sin que asomara un ápice de superioridad moral. No estaba en el ‘yo niño’, ni en el ‘yo adulto’, ni en el ‘yo padre’: siempre estuvo en el ‘yo, Carlos’. Todo un arte. Y se fue de bares a Argentina.

También tuve certeza de su conversación con Ángel Santa Cruz, uno de esos tipos que creen que la libertad de cátedra tolera la agresión verbal y que el derecho a la información da licencia para la humillar a aprendices curiosos. Carlos le explicó la inutilidad de su violencia y, tras desmontarle el argumentario de vieja maestra franquista, le arrancó el compromiso de no personalizar sus críticas. Y así fue en adelante. Todo ello sin mostrar amargor, fiel a sí mismo.

Tras su vuelta a Madrid, alejados del periodismo, siempre le escuché decir que en Argentina fue “infinitamente feliz”. Vivía entre el pueblo de La Mancha de donde era su madre y la casa de un amigo en Rivas. Tenía tantas familias como amigos. Estuvo muy acompañado, siempre permeable al cariño.

La última vez que estuve con Carlos brindamos con menta poleo conscientes de una incertidumbre que nunca le atenazó. Después abandonó el teléfono. Hasta hoy.

Miguel Ángel Llamas, uno de aquellos cuatro locos que fuimos la vieja Voz de Salamanca, me invitó a enviar un artículo para la nueva Voz. Bondad, Humanismo, Integridad, Belleza, Candor y Verdad… Más allá de este dolor, sólo me sale recordar a Carlos. Encarna cuanto de digno puede tener este oficio en un mundo que hiela las entrañas. Porque lo que corrompe nuestra libertad y rasga nuestra afirmación no es aquella madurez que confundimos con resignación, sino el miedo. Y el miedo corroe nuestra existencia misma.

Colegas de la nueva voz, no dejéis de preguntaros “esto, ¿para qué lo hago?”. Y cuando no obtengáis respuesta levantaros e iros a Argentina. Porque aquel “ni que fuesen a cerrar los bares” es la afirmación inequívoca de que sin libertad habremos perdido todo el encanto de nuestro mundo.

Javier García Pedraz es psicólogo y fue periodista en La Voz de Salamanca (.com) y El País.

 

 

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