PERFIL || Ricardo Rivero: el rector de las personas

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Ricardo Rivero, nuevo rector de la Universidad de Salamanca.
LVS || Un análisis de Miguel Á. Llamas || 3/12/2017

La victoria electoral de Ricardo Rivero en las elecciones a rector de la Universidad de Salamanca, ajustada en porcentaje, pero holgada en votos sin ponderar, ha dejado una pregunta en el aire: ¿Cómo pudo ganar las elecciones un profesor sin cargo institucional, sin apoyo mediático y frente a dos candidaturas procedentes del Equipo de Gobierno de la USAL? Sus adversarios y los analistas universitarios más experimentados aún siguen buscando las respuestas.

Varias pueden ser las razones. En primer lugar, el malestar generalizado en la comunidad universitaria. Ni las cifras macro ni el contexto de crisis justificaban una plantilla tan precarizada y una sensación colectiva de abatimiento también percibida por el alumnado. La Universidad de Salamanca podía mejorar con otra gestión y prioridades diferentes.

En segundo término, por orden expositivo, porque en realidad es la principal razón, la propia figura de Ricardo Rivero, catedrático de Derecho administrativo. La mayoría de opinadores universitarios no contaban con la victoria de Rivero. Cuando se celebró el debate a cuatro, algunos ya empezaron a darle más opciones. El único candidato que no leyó, con naturalidad, las intervenciones de Ricardo resultaban convincentes en forma y fondo.

El equipo de Ricardo no estaba diseñado para ganar votos por su carisma o capacidad de atracción, sino para gobernar, algo de lo que se beneficiará la Universidad. Rivero creía que podía ganar desde el principio. En lugar de competir por el protagonismo, su equipo supo arropar al candidato en un segundo plano y contribuir con discreción y eficacia en las tareas de programa y campaña.

Ricardo Rivero comenzó muy pronto a gestar su proyecto (recuerden aquellos foros de Unámonos – Miguel de Unamuno). Faltaban muchos meses, pero el candidato se pateaba centro a centro para escuchar. La capacidad de escucha es un atributo desvalorizado hoy en día. En las conversaciones, los políticos, también los académicos, suelen realizar solemnes actos de espera hasta que llega el propio turno de palabra. Y así se asume, casi sin reproche. Ricardo sí escucha, proporciona la misma atención y respeto al académico más prestigioso que al alumno más reciente. Por eso en el sector estudiantil su victoria ha sido tan clara.

Pero, consciente o no, su candidatura probablemente empezó a gestarse diez años atrás, cuando Rivero asumió el cargo de defensor del universitario. Por entonces, colgaba de su despacho un artículo sobre la figura de Rosa Parks y estaba totalmente entregado a la docencia y a la investigación. En su trayectoria siempre ha tenido una especial sensibilidad por “los derechos de las personas”, expresión pleonástica que repite hasta la saciedad desde hace años y que ha terminado cristalizando en su proyecto de universidad. El cargo de defensor del universitario ha sido siempre escasamente valorado: conlleva muchos “marrones” con pocos recursos, pero él se tomó los derechos en serio, que diría Ronald Dworkin. Allí empezó a fraguar su vocación de servicio y a labrar su principal virtud como gestor, la que le ha llevado al rectorado: la capacidad de conciliar intereses contrapuestos para defender los derechos de las personas.

Como otros grandes maestros del Derecho administrativo, Ricardo Rivero es un lector voraz y curioso. Sus lecturas le han permitido empatizar con sectores muy diversos. Ricardo puede referirse a la neurociencia en una conferencia sobre administración electrónica, coquetear con la archivística en una monografía sobre el expediente administrativo o dialogar sobre literatura con profesores especializados. La cultura, pese a ser maltratada en los medios de comunicación y en el sistema educativo, continúa siendo fundamental en el devenir profesional, también en la esfera pública. Incluso en el campo de la política se pueden apreciar las ventajas de ser un gran lector; políticos como José Manuel García-Margallo o Pablo Iglesias salen bien parados del diálogo intelectual.

Y así fue Ricardo Rivero captando apoyos, con la inagotable capacidad de trabajo que le caracteriza. “La victoria tiene muchos padres y la derrota es huérfana”, dijo, según se le atribuye, Napoleón. Pero lo cierto es que su campaña no ha contado prácticamente con recursos. Él mismo fue su principal diseñador y ejecutor, su entorno más inmediato le ayudó y contó con la implicación de un grupo reducido de personas que poco a poco iban encontrando su espacio, entre ellas los miembros de la original plataforma R3pensar la USAL, muy activa en los centros y decisiva en las redes sociales. Con la sencilla idea de R3 (Ricardo Rivero Rector) lograron previsualizar su triunfo, y la fórmula de “repensar” invitaba a un debate colectivo en torno a su proyecto alejado de las peticiones unilaterales de apoyo.

No esperen a un rector ajustando cuentas con sus adversarios universitarios o mediáticos, pese a la hostilidad recibida en campaña. Su discurso tras las elecciones, cargado de respeto institucional y altura de miras, anticipa que Ricardo será el rector de todas las personas. Cuando se equivoque, algo inevitable en la gestión, escuchará atentamente las críticas. En la noche del triunfo electoral, mientras sus colaboradores más cercanos festejaban el triunfo, Ricardo se fue a descansar para estar fresco en el curso formativo que tenía que impartir al personal de administración y servicios a primera hora de la mañana del pasado viernes.

¿Por qué ganó Ricardo Rivero? Parafraseando a James Carville, podría concluirse: “¡Son las personas, estúpido!”.

 

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