Redefinir la violencia

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29 de abril de 2018 || El análisis de Elena San José.

 

No soy jurista. Quiero dejar clara esta cuestión desde el principio porque, dadas las exigencias de los últimos días, parece una declaración pertinente y necesaria, aunque en ningún caso es una disculpa. Tengo una opinión sobre lo sucedido, y sobre lo decidido, y toda la intención de expresarla. Si alguien quiere dejar de leer, este es el momento de hacerlo.

El mundo del Derecho es complejo y sofisticado, y es necesario contar con ciertos conocimientos al respecto para entender cómo funciona, es verdad. Pero el Derecho no es una burbuja aislada de la realidad individual y social de las personas, impenetrable e imposible de comprender. Muy al contrario, la capacidad de los ciudadanos para entender e interactuar con el Estado de Derecho por el que se encuentran regidos es una buena señal, muestra que la sociedad política goza de buena salud y es, en última instancia, lo que nos permite hablar en términos de Justicia e injusticia. La Ley se reconoce como propia. Esto es aplicable cuando hay conformidad y también cuando hay disconformidad. No habría por qué pensar que las muestras de discrepancia denotan falta de conocimiento (¡vaya fórmula han encontrado algunos para evitar posicionarse!) y que las de aprobación reflejan respeto por las instituciones, pues también podrían revelar simple apatía. Es más, solo quien espera algo de ellas, quien deposita su confianza en ellas, puede experimentar decepción o incluso enfado y sentir la necesidad de interpelarlas, como quien reclama un reajuste.  Y en esas estamos.

Las muestras de disconformidad de los últimos días (indignación, desconsuelo, confusión, enfado, impotencia…) son el reflejo de una ciudadanía concienciada y activa que siente – sentimos – que no se ha hecho justicia. Peor, que se ha dado alas a la injusticia que de por sí supone vivir en un mundo en el que vales menos, tu voz apenas se escucha y, sobre todo, solo existes en relación con los demás (hombres). En palabras de Elena Díez y Dolores Mirón1, las mujeres son seres-para-otros, mientras que los hombres son seres-para-sí: simplemente, son. Este planteamiento llega a sus últimas consecuencias cuando se produce una violación: una mujer que va sola por la calle no es de nadie y, por tanto, es de todos. En el cielo aparece un cartel con luces de neón en el que leen « Vía libre: proceda ». La sentencia de la manada nos recuerda, una vez más, que esto forma parte del imaginario colectivo hasta puntos que creíamos superados, y que no va a cambiar salvo que hagamos algo al respecto.

Si preguntásemos una por una a todas las mujeres, apenas habría diferencias en lo que cada una considera un abuso sexual y una violación. Si la ley y sus tecnicismos no son capaces de reflejar con fidelidad algo que aparece con tanta claridad en la mente de las mujeres, la legislación debe ser reformada, no hay duda, y yo seré la primera en pelear por ello. Pero no nos equivoquemos, el caso que nos ocupa no es un problema técnico, legal. No solo, al menos; porque si lo fuera, esa sentencia debería haber contado con una rotunda unanimidad y, sin embargo, habiendo presenciado los mismos testimonios y examinado las mismas pruebas, un juez ha determinado que lo que aconteció fue una orgía consentida y, otros dos, un abuso sexual. El margen es amplio (y la desfachatez también).

La parte correspondiente a los hechos probados, es decir, la descripción objetiva no valorativa del caso, ofrece una versión de los hechos que pone a prueba el aguante de cualquier persona dotada de sensibilidad. Recoge un relato en el que es imposible no percibir violencia e intimidación en cada una de sus líneas, pero las consecuencias jurídicas que le siguen distan mucho de lo que se había aceptado previamente. Resulta que los jueces (los que no han visto una fiesta grabada, quiero decir), que han aceptado como prueba el informe de un detective privado que describe cómo una chica de 20 años hace la vida de una chica de 20 años, y los mismos que han visto conversaciones anteriores de los acusados en los que se hablaba explícitamente de violaciones, nos dicen que eso de agresión sexual es demasiado fuerte porque solo ha habido prevalimiento (aprovechamiento de las ventajas que provee una situación de superioridad general, como la que se da entre un empleador y su empleado). Y nos dicen que es un matiz legal importante. Pero los matices sirven para aprehender mejor la realidad, no para distorsionarla. No, no se trata de ningún matiz que no somos capaces de entender, igual que no se trata de lo que la ley vigente recoge, pues el margen de interpretación permitía sobradamente hacer justicia, como han defendido diversos jueces no implicados. Se trata de una interpretación personal que nos niega hasta el derecho de llamar a las cosas por su nombre, y que nos deja un poco más desprotegidas de lo que ya estábamos y nos sentíamos.

Leo la prensa y escucho a los comentaristas (aquí sí está permitido opinar) y observo inaudita cómo sentencian a tres años de cárcel a un rapero por canciones que enaltecen el terrorismo, cómo los CDR son comparados con ETA y cómo una pelea de bar te convierte en una amenaza pública que requiere más de 60 años de cárcel. Pensaréis, Hombre, no es igual. Y no es igual, pero es lo mismo. Porque últimamente todo es violencia, menos la violencia contra las mujeres.

1: Díez Jorge, E. y Mirón Pérez, D. (2004): “Una paz femenina”, en Molina Rueda, B. y Muñoz Muñoz, F. Manual de paz y conflictos. Universidad de Granada, págs. 67-94.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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